Análisis de la introducción de la obra
Las palabras y las cosas de Michel Foucault
Lic. Regina Steiner
Los códigos de una cultura – los que rigen su lenguaje, sus esquemas perceptivos, sus cambios, sus técnicas, sus valores, la jerarquía de sus prácticas- , todo esto lo encuentra cada hombre o mujer que nacen. Estos códigos, fijan para cada uno de nosotros un orden empírico (del orden de la experiencia) con los cuales desarrollaremos nuestras vidas.
Este orden, este código no es pensado, vivimos por él y actuamos en él.
En otro orden de cosas, las teorías científicas y las interpretaciones de los filósofos explican por qué existe un orden, a qué leyes obedece, qué principios lo fundan y por qué razón se ha establecido este orden y no otro.
Pero entre estas dos regiones, tan distantes, hay otra que es más confusa, más oscura y más difícil de analizar. Se trata del momento en que una cultura instaura una instancia menos transparente, menos dada con aquellos códigos. Es el momento del cambio, siempre anterior a la reflexión, a la explicación o al fundamento filosófico.
Cuando hablábamos de esa cultura urbana que iba imponiendo una mentalidad burguesa, siguiendo a J.L. Romero decíamos que ante los cambios de significado que implicaba la diferencia entre la creencia en un orden regido y fundamentado por lo divino que regía durante la época feudal, con un desprecio por esta vida y este mundo y con una orientación hacia lo extramundano y el cambio que implico el modo de vida en los burgos, donde el giro se dio, por los motivos ya descriptos, hacia la nueva valorización de este mundo, la resignificación de los espacios sociales, la creación de una red de ciudades con su modo de vivir, no existió, en principio un reflexión filosófica sobre esto. Más bien, lo que ocurrió fueron hechos históricos que reflejan las reacciones de los miembros que integraban aquellas sociedades y que definimos, para fines didácticos como tres modos de vivir el cambio diferentes: la aceptación del goce de la vida, la sensualidad, ( Bocaccio, la pintura, el cambio social, etc.), el rechazo de todo lo nuevo y los intentos de volver a la escala de valores anteriores, ( Savonarola, la reforma), y por otro lado, la hipocresía, característica de las sociedades burguesas, que puede resumirse en la frase de Galileo eppur si muove, en el sentido de que disfruto de la vida, pero digo que nada ha cambiado, que defiendo el orden anterior, es decir, sigo creyendo que Dios es el fundamento de todas las cosas, o el rey, su representante.
En este marco teórico presentado por Foucault, en el sentido de tomar en cuenta ese terreno intermedio, donde ocurre el cambio, pero que no es conceptualizado, sino actuado, analizaremos, junto con este autor un cuadro que él considera emblemático para analizar este tema: Las Meninas de Velazquez.
Hay un cuadro, se ve la parte de atrás, el bastidor, y el pintor está ligeramente apartado de ese cuadro. Lanza una mirada sobre el modelo. No sabemos si está intentando dar una última pincelada o recién comienza a pintar el cuadro.
Tenemos un pintor, tenemos la mirada del pintor, y tenemos un pincel. Entre estos tres elementos se desplegará el cuadro.
Lo que vemos, es un instante en el que todo está detenido. Un minuto después, el bastidor tal vez, taparía al pintor. Vemos su rostro iluminado, su talle oscuro, como si estas diferencias de claridad marcaran lo visible y lo invisible.
El pintor, con la cabeza semi inclinada, mira hacia un punto invisible, pero nosotros podríamos decir que nos mira a nosotros mismos (espectadores del cuadro). Entre la mirada del pintor y nosotros mismos, hay como una línea de puntos que nos liga a la representación del cuadro.
Dice Foucault, que en apariencia ese punto invisible es simple: vemos un cuadro desde el cual, a su vez, nos contempla un pintor. Pero ese pintor contempla a todo espectador que se detenga hacia el cuadro: somos intercambiables. El pintor cambia de objeto infinitamente: cada uno de ustedes es el modelo del pintor.
Los modelos intercambiables del pintor que somos, nunca quedan fijados en el cuadro (bastidor) nunca vemos el revés , no sabemos quiénes somos ni qué estamos haciendo. Aquí hay un triángulo virtual: los ojos del pintor, nosotros y la tela.
En el otro extremos, y casi sin perspectiva hay una ventana, que con su luz, baña, a la vez la tela del bastidor, el estudio y también a nosotros mismos. Esta luz proveniente de la ventana, origina un espacio virtual, que sirve de lugar común a toda la representación, nosotros incluidos. Por un lado la ventana, con su luz, instaura un espacio abierto y el cuadro un espacio cerrado, que, en realidad, nadie mira, ni siquiera el pintor. Es más, toda la escena nos lleva a mirar algo que nos es hurtado, que no podemos ver, más que del revés.
Frente a nosotros, como espectadores, al fondo del cuadro, vemos sobre un muro, una cantidad de cuadros ya pintados, de entre los cuales se destaca uno que es más brillante. Su marco es más grande y más oscuro que el de los otros cuadros. Allí, con una luz que no sabemos de donde proviene, vemos dos figuras y un poco más atrás, una cortina púrpura, pesada. De los otros cuadros vemos manchas, en este hay formas reconocibles. Lo que ocurre es que no se trata de un cuadro, sino de un espejo. Tenemos aquí un juego irónico: ninguno de los cuadros representan lo que deben, tampoco el bastidor, solamente el espejo. De todas las representaciones(cuadros) que representa el cuadro, (las meninas) esta representación en el espejo es la única que se ve. Pero nadie la ve. Todos los demás personajes están vueltos hacia delante, algunos están de perfil, pero ese espejo no lo ve nadie.
Reconozcamos, dice Foucault, que esta indiferencia, también la muestra el espejo, porque no refleja nada de lo que hay en el mismo espacio que él. No ve lo visible. El espejo no dice nada, pero su posición es casi central. Su borde superior parte el cuadro en dos, está en el centro, y lo que podríamos esperar, es decir, que refleje otra vez al pintor, los personajes, el estudio, no lo refleja.
En cambio, que sí refleja este espejo: lo que permanece más allá de tod mirada. No es que esté mostrando algo oculto: todos podrían ver lo que se refleja en el espejo: los personajes, y nosotros mismos podríamos verlo si el cuadro se prolongara hacia delante. Y también refleja a los que están mirando al pintor y a los personajes.
Este espejo permite ver, lo que por el cuadro es dos veces invisible (porque es un cuadro, con un límite y porque el pintor decidió pintarlo así)
Ahora bien, todos estos personajes tienen un nombre: la infanta margarita, sus meninas, el bufón, y además, si uno mira bien, y porque se lo sabe, se ve que lo que refleja el espejo es a Felipe IV y su esposa Mariana.
Al darle nombres propios a los personajes, no adelantamos mucho, lo único que hacemos es pasar del lenguaje pictórico, de lo visible al lenguaje hablado. Pero el uno no dice lo mismo que el otro.
Si yo digo que Velazquez pintó un cuadro que contiene a su propio estudio o un lugar del palacio, que pintó a la infanta margarita, a sus ayudantes, y que en un espejo se ve al rey y la reina, no estoy diciendo lo mismo que las imágenes.
Es necesario volver a la imagen. Todo el cuadro muestra lo que en el cuadro está del revés. Y en el centro, sorpresivamente un espejo que va a buscar delante del cuadro lo que se contempla, pero que no es visible, para hacerlo visible.
Al lado del espejo hay otra fuente de luz: la puerta abierta, escalones, la cortina, un hombre, que no sabemos si va a entrar o quizás solamente sse limita a mirar, contento de ver sin ser visto. Nadie le presta atención, igual que al espejo. Pero hay una diferencia con el espejo: este hombre es real, no es hipotético, es de carne y hueso en esta representación. Y además, este hombre tiene un tamaño mucho mayor que el de las imágenes en el espejo, que son pálidas y minúsculas frente a él. Esta entrando y saliendo todo el tiempo.
Entonces, si hacemos una curva, vemos desde la izquierda a la derecha: el revés de la tela, los cuadros expuestos, el espejo en el centro, la puerta abierta, nuevos cuadros, de los cuales solamente vemos los marcos, la ventana.
Más abajo hay ocho personajes, incluido el pintor. Cinco miran la perpendicular del cuadro, con la cabeza más o menos inclinada. El centro lo ocupa la princesa que gira la cabeza hacia la izquierda, pero la mirada se dirige al espectador. Ella es el centro del cuadro y para mostrarlo el pintor utiliza una artimaña muy conocida, la de colocar a un personaje de rodillas que la mira. Otra de las meninas, se inclina hacia la princesa, pero mira en la misma dirección que la princesa y el pintor. Luego hay dos grupos de personajes: el primero, más atrás, y el segundo, en primer plano, formado por enanos. En cada uno de estos grupos, un personaje mira hacia el costado y el otro de frente.
El único objeto del cuadro, que no ve ni se mueve es el perro, porque no está hecho sino como un objeto para ser visto: con su piel lustrosa, su volumen.
En resumen: todo el cuadro ve un a escena para el cual él es a su vez una escena.
Apenas vemos el cuadro, sabemos que se trata de los soberanos, se los adivina en la mirada respetuosa de los personajes. Pero todos estos personajes son contundentes, firmes, en cambio los reyes, bastaría un destello, una falta de luz para hacerlos desvanecerse. Son los más descuidados, nadie presta atención a ese reflejo que se desliza por detrás de todo el mundo.
El punto del cuadro hacia donde todos miran, es un punto simbólicamente soberano. Aquí confluye el cuadro: hacia los modelos, hacia el rey, pero es exterior al cuadro. El lugar donde domina el rey, es el lugar donde también domina el espectador, el del artista, porque el espejo podría también, con un simple movimiento del artista, reflejarlo a él. Y también podría reflejarnos a nosotros mismos, infinitamente, a infinitos hombres, todos en el lugar del rey.
Foucault presenta este cuadro como un momento límite entre el pensamiento clásico (hasta el siglo XIX) y que a la vez inaugura, sin proponérselo, y sólo en la interpretación de Foucault el pensamiento moderno, donde es el hombre el que está en el centro de la discusión.
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Para llegar a aquel punto que decía Foucault donde el código se ha perdido pero aun no hay una reflexión compleja...........
Para llegar a esta idea donde la autoridad aparece como un mero reflejo en un espejo y donde nosotros mismos estamos en el punto de mira de todos los demás transcurrieron varios siglos, a lo largo de los cuales existieron diversas señales que ya apuntaban a este cambio.
Leer: primer página metafísica Aristóteles
Son las cosas, la vista, el afuera del cual no dudo que me hacen pensar
Leer:
Pág. 48 Descartes Discurso del Método.
Comparar: Meditaciones metafísicas – Primera meditación: pag.15, Segunda meditación, pag.24 y 25.
Por ejemplo, en el siglo 12 Abelardo, ya decía que “a través de la duda llegamos a la investigación y a través de la investigación percibimos la verdad”.
La historia de Abelardo es muy interesante: tenía 34 anos cuando se enamoró de Eloísa que tenía 17. Se casaron en secreto, tuvieron una hija, pero cuando esto se supo, Elosísa fue enviada a un convento y Abelardo fue castrado y encerrado en un monasterio.
A pesar de los ataques de la Iglesia, Abelardo tenía enorme cantidad de discípulos que iban a verlo a Paris. Admiraba a los griegos, pero su interés se centraba en lograr que sus discípulos pensaran por su cuenta los problemas que aparecían desde las Escrituras. Aún citando a los padres de la Iglesia, no les otorgaba autoridad, ya que demostró que no estaban de acuerdo entre sí., por lo tanto , era el lector individual quien debía resolver las cuestiones ya que él creía en el valor de la razón y la lógica.
Para Abelardo las cuestiones de la duda, la investigación y la verdad eran el camino para llegar a la única verdad: Dios. Pero lo hace con fe doble: en la razón y en Dios.
También Tomás de Aquino, más tarde, apelará a esta idea de que existen dos caminos, dos métodos para llegar a la verdad-Dios: la razón y la fe, estas no se contraponen, sino que son dos maneras posibles de llegar al conocimiento. Para Tomás de Aquino, la razón tiene por objeto de conocimiento lo natural, mientras que la teología, se refiere a lo sobrenatural. Esta brecha entre la razón y la fe y esta discriminación entre los objetos de estudio, seguramente abrió el camino a la posibilidad de hacer ciencia.
Más adelante y en plena explosión del Renacimiento, va surgiendo un pensamiento que pone al hombre y su razón en el centro, la razón por sí misma, sin necesidad de apelar a autoridades. Lo que va muriendo es la noción de autoridades que sostengan el pensamiento y con ella LA AUTORIDAD. Leamos a Giordano Bruno ( Pag. 114 de La Filosofía de Jaime .Barylko)
Es en esta época que se produce una de las grandes heridas narcisistas de la humanidad: el descubrimiento de Copérnico y de Galileo que la tierra gira alrededor del sol. las otras dos: Freud y el inconsciente y Darwin y la evolución de la especie.
ENTRA EN ESCENA EL YO
Agustín y Descartes habían dicho algo semejante, con una diferencia de 1200 años,
Agustín dice en la Ciudad de Dios:
“No hay que temer en estas verdades (las del mundo interior, las ideas, las imágenes) los argumentos de los académicos que dicen: “¿Y si te engañas?. Pues si me engaño, soy... el que no existe, en verdad, ni engañarse puede, y por esto existo si me engaño, Y puesto que existo si me engaño, ¿ cómo puedo engañarme acerca de que existo, cuando es cierto que existo si me engaño?. Y por tanto, puesto que yo, el engañado, existiría, aunque me engañara, sin duda no me engaño al conocer que existo”
Pero en realidad, no era semejante, estos dos pensamientos se ubican en épocas diferentes: el uno tiene como sustento a Dios ( en sí mismo), el de Descartes alude al hombre solo, al yo , al individuo, solo con su razón.
En realidad lo que Descartes busca es un método. Todo el pensamiento hasta el renacimiento se desmorona, fracasa. La verdad no se encuentra. Y Descartes piensa que lo que ocurre es que falló el método de indagación a través de las autoridades. Hay que crear otro método que nos lleve a verdades seguras, claras y distintas.
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